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HISTORIAS verídicas DE AMOR
- Ella tendría unos nueve años. Yo impulsaba su silla de ruedas. Apenas si pude percatarme que quería parar. No supe adivinar al principio. Sus gestos indicaban que viera la hamaca, pero fue hasta unos minutos después que logré
entender su mensaje: quería mecerse. La alcé en peso, la senté sobre mis regazos e iniciamos uno de los instantes más mágicos de los que he sido testigo hasta el día de hoy. Sonreía felizmente. Realmente gozaba en aquel vaivén. Me pareció excesivo su regocijo. Intenté observar con detenimiento hasta que encontré la fuente de su deleite: el viento. Ella amaba la sensación del viento en su cara.
- El era pianista. Tocaba todas las noches. Al final de cada jornada, se encontraban todos en la sala principal. Iniciaban la plenaria con algunos cantos. Aquella noche la vió por primera vez. Jamás olvidaría su nombre. Lo sé porque he sido su amigo por muchos años. Luego de escribirse por cinco años consecutivos, todas las semanas, sin verse una sola vez, decidieron casarse. Toda una vida al lado, una y la misma mujer. El siente hoy, que su vida tuvo plenitud de sentido gracias al grato olor que envuelve todas sus noches.
- El no tuvo remedio. Era un alma solitaria. No quiso servir a nadie. El día de su entierro llegaron todas. Un desfile interminable. Una a una, haciendo fila, asomaban el último adiós al otro lado del cristal. Eran muchas para mi gusto. Todas, a su manera, lo amaron entrañablemente. El, por su parte, vivió solo. Poco lo conocieron sus seis hijos. Vivía entre sus libros, sus propios cuentos y los fantasmas de una niñez terrible. La opulencia primera terminó por dejarlo sin capacidad ni herramientas para lidiar con la rutina. Inventó para sí su propia versión de soledad.
- “Tengo tanto dinero que no me alcanza la vida para gastarlo”. Estas palabras espetó en mi cara una oscura tarde de octubre. El se sabía intocable. Tenía dinero y poder también. Una mezcla terriblemente tóxica para la conciencia. Parece presumir con facilidad que puede perfectamente prescindir de cualquier Otro. Sí, con mayúscula, porque incluye en su indiferencia al mismo Dios. No tiene un solo amigo. Y no necesita nada. Tiene su dinero, y en él su corazón. Lo demás es absolutamente intrascendente.
No importa quién eres, querida o querido lector. Una niña con parálisis cerebral, un joven pianista, un lobo estepario o uno de esos ricos que pasan más fácil por el ojo de una aguja que por el cielo; date cuenta de esto: con independencia de los criterios que te son útiles para “pensar” acerca del amor, lo cierto es que en la biografía de todos los hombres y mujeres, en todas las edades de nuestra vida en tierra, no encontrarás un solo ser en el que no descubras donde tenía puesto su amor. Esta es la esencia de la vida. Sabiéndolo o no, estamos siempre disfrutando o padeciendo por esta misteriosa y cotidiana sustancia.
El amor está latiendo en todos los pliegues de nuestros espacios y promueve todos los intercambios que hacemos. Así que cuéntame, ¿puedes entender aquello de “donde está tu tesoro está también tu corazón?” Cuéntame pues, dónde exactamente está tu tesoro y yo te diré donde tu corazón.
M.Psc. David Massey Machado Psicología Grupal
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